miércoles, 19 de octubre de 2016

Miedos revueltos



La primera vez, no logré darme vuelta. Tenía trece años. Era verano y caminaba por la calle. Por el calor que hacía, debían ser entre las diez de la mañana y las tres de la tarde. Iba a un cibercafé por una avenida verde y tranquila. Él caminaba hacia el otro lado. Me llamó la atención su traje y pensé que debía tener mucho calor. Supuse que sería un señor de veintilargos o treinta y pocos (sí, porque, a los trece, un tipo de treinta es un señor), aunque ahora pienso que quizás tendría varios menos. No se me ocurrió cruzar la calle porque, en aquel entonces, aún no estaba acostumbrada a tener miedo. El miedo vino después. El miedo empezó cuando aquel extraño, sin siquiera detenerse, me agarró del culo, lo apretó con fuerza y siguió caminando como si nada. No recuerdo cuántos minutos permanecí inmóvil. No lograba procesar lo que acababa de pasar. Nunca antes me habían tocado y mucho menos sin mi consentimiento. Varios minutos después, cuando logré incorporarme y junté el valor para girar la cabeza y mirar hacia atrás, él ya se había ido. No se lo dije nunca a nadie. Esa fue la primera vez que tuve miedo por ser mujer.

La segunda vez, tampoco pude darme vuelta. Tenía dieciséis años. Eran como las siete de la tarde, pero, como era invierno, la noche ya se había cerrado. Tenía puesto un pantalón y un buzo deportivo, flojos. Es lamentable que, una de las cosas que mejor recuerdo de estos acontecimientos, es cómo iba vestida. Se lo reproché al universo un millón y medio de veces. ¿Cómo me había pasado algo así si llevaba un pantalón y un buzo deportivo sueltos? Estaba a dos cuadras de mi casa y pasé por al lado de una parada de ómnibus. Es cierto que, en ese punto, la avenida verde y tranquila por la que caminaba estaba bordeada de árboles y quedaba bastante oscura. No se me ocurrió cruzar la calle para evitar esos tres metros de sombra. No escuché lo primero que me dijo porque llevaba auriculares. Solo vi un extraño abalanzarse sobre mí, agarrarme e intentar besarme. En el amague, se me salieron los auriculares y escuché que me pedía un beso. “No”, contesté desconcertada. Le pedí que me soltara, pero me seguía agarrando. Tendría mi edad. Recuerdo que era más o menos de mi altura y, aun así, yo no lograba soltarme. Me pareció increíble que alguien de mi tamaño pudiera ser tanto más fuerte que yo. Seguimos forcejeando, mientras él rogaba que lo besara y yo rogaba que me soltara. Cuando sentí sus labios apretarse contra los míos, me quise morir. Me dominó una impotencia insoportable. Por suerte, no parecía querer más que eso y, finalmente, me soltó. Esta vez, no me quedé estacada a la acera, sino que salí corriendo. Esta vez, tampoco tuve la valentía de mirar atrás. Unos metros antes de llegar a casa, me puse a caminar. No quería entrar demasiado agitada para no despertar sospechas. Me sentía avergonzada. Solo me animé a contárselo a una amiga un año después.

Más allá de esas dos agresiones físicas menores y de las agresiones verbales que, en muchos países, las mujeres vivimos casi a diario y que ya ni siquiera nos molestamos en contar, nunca me pasó nada. Simplemente aprendí a vivir con miedo. Me acostumbré a prestar atención antes de doblar la esquina, a cruzar la calle si veía a un hombre sospechoso, a sacar las llaves de casa antes de bajarme del ómnibus, a controlar las sombras de la vereda por si alguna se acercaba demasiado rápido. También me acostumbré a caminar con silbidos y comentarios vulgares como banda sonora, y con miradas lascivas como telón de fondo. Como muchas, terminé por normalizar lo subnormal. Con todo, nunca me pasó “nada”. Por suerte, nunca me drogaron. Por suerte, nunca me golpearon. Por suerte, nunca me violaron. Por desgracia, esto no debería ser una cuestión de suerte, pero, en la ilógica de nuestra sociedad, pareciera que lo es. Nuestra integridad no puede depender de si caminamos del lado correcto de la calle, de la hora del día ni de cómo vamos vestidas. Nuestra integridad no puede ser una lotería y la culpa no puede ser de la víctima.

La tercera vez que realmente tuve miedo por ser mujer, escuché mi nombre. Escuché mi nombre y se me revolvieron todos los medios que llevo guardados en el estómago tras años de silbidos, comentarios, manoseos y sombras. Esta vez, no era un extraño, sino un ex. Me había alcanzado afuera de un bar y me llamaba para que volviera con él. “No”, le había dicho hacía más de un mes, cuando lo dejé. Él seguía insistiendo por todos los medios de comunicación posibles. Sus mensajes eran cada vez más frecuentes, largos y violentos. Cuando lo bloqueaba por una vía, aparecía por otra, hasta que, al final, apareció en persona. Volvió a gritar mi nombre. Aceleré el paso, pero tampoco salí corriendo. Esta vez, no me di vuelta porque no quise. No por miedo, sino porque decidí mirar hacia adelante y seguir caminando, con paso firme. Esta última vez, tampoco me quedé callada: hice la denuncia a la policía. Después, saqué lápiz y cuaderno, y escribí. Para descargarme, sí, pero también para alentar a todas las mujeres a no quedarse calladas.

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