martes, 5 de junio de 2012

¿Por qué soy traductora?



Hay cosas que uno no decide, que las decide el instinto, y por eso mismo resulta difícil reflexionar racionalmente sobre ellas. Más aún explicarlas a otros.

 Ser traductora es, para mí, un modo de relacionarme con la lengua –es decir, con la vida– que implica varias trayectorias entrecruzadas entre sí. Varios placeres. Varias exigencias también.

Adentrarme en un texto siempre es para mí un gran viaje interior. A veces ese viaje recorre selvas frondosas llenas de plantas desconocidas, de animales exóticos, de luces filtradas por doseles de follajes suntuosos. Otras veces la travesía me lleva por desiertos interminables, por pedregales hostiles que me arrancan jadeos y gemidos de dolor. O por cursos de agua que me arrastran, como una astilla, en el discurrir majestuoso de una corriente imparable.

 Comprender esto en un texto escrito en otro idioma es siempre, para mí, una sorpresa y un privilegio inmerecido. Transitar esos paisajes cambiantes, recorrer esas selvas, esos canchales, esas aguas compactas y casi sólidas me abre a una consciencia de mí misma que me enseña más que otras, porque no se fragua directamente en mi propia percepción subjetiva, siempre sujeta a las trampas y las lisonjas del autoengaño, sino en la imagen de mí misma que me devuelve la autoridad indiscutible, implacable también, del espejo.

 Traduciendo aprendo a conocerme en el espejo de lo que no soy, de lo que no expresa espontáneamente mi instinto lingüístico. Y ese reflejo me ayuda a ver mejor, a conocerme mejor, y también a comprender con una sonrisa, durante la travesía de las grandes aguas, que lo que soy es apenas una parcela ínfima de lo que existe, pero que, paradójicamente, mi pequeñez puede servir a esa inmensidad y prestarse para que ella se logre en otros y viva en ellos. No por mérito mío, sino, simplemente, viajando hasta ellos a través de mí.

 Situarme en el centro de esta consciencia implica pasar al otro lado del espejo, como Alicia, y buscar el modo de traer del otro lado esas frutas sabrosas y esos paisajes impensados, para ofrecérselos a aquellos que no pueden cruzar la lámina de azogue. Contar la riqueza de esos viajes que nos han asomado a la maravilla de los mundos ajenos.

 Y contarla en palabras. En lo más humano que tengo, que tenemos, junto con la capacidad de sentir, quizá lo mismo.

Traducir es un trabajo paradójico, aparentemente solitario, inmóvil y pasivo en horas y horas de confrontación con las cincuenta o sesenta teclas que permiten a mis dedos contar el viaje y sus muchos azares, pero lleno del dinamismo interior del diálogo, de la compañía de todos los ecos humanos encarnados en el verbo, de la riqueza consoladora de todos los mundos, dibujados en los arabescos variopintos de la grafía.

 Traducir es también un acto de amor en la comprensión y la entrega.

Por eso, y sobre todo, para mí lo más grandioso de traducir es que me permite entrar en comunidad con lo humano a través de la palabra. Recoger la palabra en otras latitudes, cosecharla, madurarla, trasladarla, darla a entender para que otros se reconozcan en ella. Situarme en el centro de lo humano y compartirlo, verter mundos en mundos para despertar afanes, delirios, amores, pasiones, ecos, resonancias palpitantes de pecho a pecho.

 Valgan estas pocas palabras, torpes en su afán inútil de abarcar lo inabarcable, pero llenas de verdad incluso en su impotencia. Valgan como respuesta al honor que me supone el haber sido requerida para abrir este foro.

Queda abierta la puerta, pues. Ya no queda, lector, sino tenderte la mano e invitarte a entrar.

Invitarte también, si así lo deseas, a contar y compartir igualmente tu viaje, a describir tu experiencia de esos mundos, tu vivencia de este oficio extraño.

Yo ya he dicho lo que acierto a entender de todo esto.

 Y tú, ¿por qué traduces?
Susana Cantero
Traductora

Entrada publicada el 30 de mayo en el blog: http://interferenciasblog.wordpress.com

Agradezco a la autora de esta nota por dejarme publicarla en este blog :)