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viernes, 21 de mayo de 2010

Diferencias entre traductor e intérprete



Grosso modo, puede decirse que una diferenciación simplista y maniqueísta entre estos dos profesionales se basa en el hecho de que la frecuencia de trabajo del traductor es escrita, mientras que la del intérprete es oral. Sin embrago, esto no es exacto ya que el traductor a veces actúa como intérprete, por ejemplo durante la concertación de negocios o en juicios donde es depositario de la fe pública.
En lo que refiere a las aptitudes que deben tener, cabe señalar que el intérprete debe tener condiciones de orador, es decir, debe tener un buen manejo de la oralidad. Esto es válido tanto en lo que refiere a dicción, que debe ser clara y limpia, como a la elocución, modo de elegir y distribuir los pensamientos y las palabras en el discurso, y a la alocución, discurso dirigido a alguien en particular. Además, debe tener una buena comprensión auditiva que englobe un buen manejo de las distintas dicciones y variedades dialectales. En otras palabras, debe tener una gran capacidad para captar los matices diversos de la lengua en lo que refiere al plano diatópico. Asimismo, debe ser dúctil y saber adaptarse al estilo del hablante, pudiendo enfrentar inconexiones, faltas de sintaxis, carencias en el aspecto idiomático… Al mismo tiempo, el intérprete debe poseer rapidez de reflejos, resistencia física, excelentes facultades intelectuales y una excelente memoria. Esta debe ser calificada, que discierna el núcleo de la enunciación, e inmediata, es decir, de excelente fijación pero poco duradera.
Desde el punto de vista del tiempo de trabajo, es claro que, dado que la respuesta del intérprete debe ser inmediata, su labor no permite consulta, mientras la del traductor sí. De hecho, este debe permitirse un grado mayor de precisión en el trabajo efectuado.
En lo que concierne a la lengua, el traductor tiene un conocimiento mayor del pasivo de la misma (morfosintaxis, gramática, i.e. el andamiaje de la lengua); mientras que el intérprete tiene un mayor conocimiento del activo de esta (neologismos, “préstamos crudos”). Como estableció Henry van Hoof, mientras el traductor se enfrenta a una radiografía, a una imagen fija, el intérprete trabaja frente a una radioscopia, a una imagen en movimiento.
En conclusión, a pesar de sus diferencias en lo que refiere a aptitudes, a tiempo de trabajo y a la lengua, tanto el traductor como el intérprete, además de ser excelentes y éticos profesionales, deben ser no solo bilingües, sino también biculturales.

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